"No estudia", "es flojo", "no le interesa nada". Detrás de muchas de estas etiquetas no hay falta de capacidad ni de voluntad: hay una autoestima dañada. Y como no se ve a simple vista, suele confundirse con desinterés justo cuando más se necesita apoyo.
Una señal que se disfraza
La baja autoestima rara vez se anuncia. Se disfraza de desgano, de evitación ("para qué lo intento si igual me va a salir mal"), de irritabilidad o de retraimiento. En el aula se traduce en bajo rendimiento; en la consulta, en un malestar difuso. En América Latina y el Caribe, la ansiedad y la depresión —muchas veces ligadas a una autoestima frágil— afectan a millones de adolescentes (UNICEF).
El círculo vicioso: baja autoestima → menos esfuerzo y evitación → peores resultados → autoestima aún más baja. Romper ese círculo requiere intervenir en la percepción de sí mismo, no solo en las notas.
Por qué medirla cambia el abordaje
Medir la autoestima de forma temprana permite:
- Distinguir al estudiante que "no puede" del que "no cree que puede".
- Dimensionar el problema: la autoestima tiene facetas (académica, social, emocional, familiar, física) y no siempre están todas afectadas.
- Orientar la intervención a la dimensión específica que está dañada.
- Seguir el avance con una medición de cierre.
La autoestima es uno de los mejores predictores tempranos del fracaso y el abandono escolar —y, a la vez, uno de los más modificables. Por eso vale la pena detectarla antes de que el círculo vicioso se instale.